Un mes después de la muerte de este señor, Lydia Nikolaevna, mujer pequeñita, algo sorda y dada a inofensivas excentricidades, alquiló un piso y lo convirtió en pensión. La forma en que distribuyó allí los escasos muebles y cachivaches heredados demostró un ingenio indiscutible aunque un tanto mezquino. Distribuyó las mesas, las sillas, los chirriantes armarios y los duros divanes en las habitaciones que pensaba alquilar. Los diversos muebles, en otros tiempos con aspecto simplemente marchito, una vez separados tomaron el aspecto de huesos de un esqueleto desmontado. La mesa escritorio de su difunto esposo, monstruo de roble con una escribanía de hierro colado en forma de sapo, y con un cajón central profundo cual bodega de buque de carga, fue a parar a la estancia número 1, ocupada actualmente por Alfyorov, en tanto que el sillón giratorio originariamente destinado a dicha mesa, fue separado de ella, y vivía ahora, solitario y huérfano, en la habitación número 6, la de los bailarines. También los dos sillones verdes que formaban pareja fueron arrancados el uno del otro; uno de ellos penaba en la habitación de Ganin, y el otro estaba al servicio de la propia patrona o de su vieja perra dachshund, gorda, negra, con morro grisáceo y orejas pendulares, de extremos aterciopelados como los bordes de las alas de las mariposas. La estantería para libros del dormitorio de Klara estaba adornada con los primeros volúmenes -pocos- de una enciclopedia, cuyos restantes tomos se hallaban en poder de Podtyagin. Klara también disfrutaba del único palanganero decente, con su espejo y cajoncitos. En las otras estancias sólo había un rectangular armatoste de madera, con una jofaina de hojalata y una jarra del mismo material. Sin embargo, la patrona se había visto obligada a comprar camas. Esto enojó a Frau Dorn, no porque fuese, así, agarrada, sino debido a que el modo en que había distribuido su mobiliario le había llegado a producir un cierto placer, un cierto orgullo de su ingenio y sentido económico.


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