Al principio me pregunté cómo podía ser esto posible, cómo era posible que la sensación y el aroma reales hubieran superado las exigencias de la trama y de la rotundidad de los personajes ficticios (dos de ellos incluso aparecen, muy desdibujados, en las cartas de Mashenka), máxime si tenemos en cuenta que me resultaba inverosímil que la imitación estilizada pudiera ser compatible con la verdad pura y simple. Pero la explicación de lo anterior es, en realidad, muy sencilla: siguiendo el criterio cronológico de los años, Ganin estaba tres veces más cerca de su pasado de lo que yo lo estaba en Speak, Memory.

Debido a la extremada lejanía de Rusia, y debido a que la nostalgia ha sido un constante y loco compañero a lo largo de toda mi vida, cuyas enternecedoras rarezas me he acostumbrado a tolerar en público, no me molesta en absoluto confesar el doloroso sentimentalismo que hay en mi cariño hacia mi primera obra. Las argucias de la inocencia y la inexperiencia, todos los defectos que cualquier aprendiz de crítico podría denunciar con alegre facilidad, quedan compensados, a mi juicio (y yo soy, en este caso, el único juez) por varias escenas (la convalecencia, el concierto en el granero, el paseo en barco) que, de haber pensado yo en ello, hubieran debido ser transportadas, virtualmente intactas, a una obra posterior. Por todo lo dicho comprendí, tan pronto comencé mi colaboración con Mr. Glenny, que nuestra traducción debía ser tan fiel al texto original como hubiera yo exigido si este texto no hubiera sido mío. Las alegres y felices modificaciones que hice en la versión inglesa de King, Queen, Knave no cabían en el presente caso.



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