Vamos, vamos, Lev Glebovich, no se ponga usted así. ¿No sería mejor que nos distrajéramos con algún juego de sociedad? Sé algunos magníficos, yo mismo me los invento. Por ejemplo, piense un número de dos guarismos. ¿Ya está?

– Gracias, no juego -repuso Ganin y, acto seguido, pegó dos puñetazos a la pared.

La voz de Alfyorov ronroneó:

– El conserje lleva horas durmiendo. De nada sirve golpear la pared.

– Pero reconocerá usted que no podemos pasar la noche aquí, ¿verdad?

– Pues parece que no nos va a quedar otro remedio. ¿No le parece que hay cierto simbolismo en nuestro encuentro, Lev Glebovich? Cuando estábamos pisando tierra firme no nos conocíamos. Luego, resulta que los dos nos dirigimos a casita al mismo tiempo, y entramos juntos en este ingenio. A propósito, el suelo es terriblemente delgado, y debajo no hay más que un pozo oscuro. Pues bien, como iba diciendo, los dos entramos sin decirnos ni media palabra, sin conocernos, ascendemos en silencio, y, de repente, se para. Y la oscuridad.

Con lúgubre acento, Ganin preguntó:

– ¿Y qué hay de simbólico en esto?

– Bueno, pues el hecho de que nos hayamos quedado parados, inmóviles, en esta oscuridad. Y el hecho de que estemos esperando. Hoy, durante el almuerzo, ese individuo, ¿cómo se llama?, el viejo escritor, ah, sí, Podtyagin, me ha estado hablando del sentido de esa vida de emigrantes que llevamos, de esta constante espera. Usted ha pasado el día fuera, ¿verdad, Lev Glebovich?

– Sí, he salido de la ciudad.

– ¡La primavera…! ¡Qué bonito debe estar el campo!

La voz de Alfyorov dejó de oírse durante unos instantes, y, cuando volvió a sonar, había en ella un desagradable tonillo, debido seguramente a que el hombre sonreía:

– Cuando mi mujer esté aquí, la llevaré a ver el campo. Le entusiasma pasear. Me parece que la patrona me ha dicho que su habitación quedaría libre el próximo sábado, ¿es así?



5 из 117