
Al llegar a Berlín, el año pasado, encontró trabajo inmediatamente, y hasta el mes de enero trabajó en diversos empleos. Había llegado a saber lo que significa ir a trabajar a una fábrica, en la amarillenta bruma de primeras horas de la mañana. También sabía cuánto duelen las piernas después de trotar más de diez sinuosos kilómetros diarios por entre las mesas del restaurante Pir Goroy, transportando platos y bandejas. Había tenido otros empleos, y había vendido a comisión cuantos artículos quepa imaginar, como tortas rusas, brillantina y, pura y simplemente, brillantes. Nada había que pudiera ofender su dignidad. Más de una vez había vendido su propia sombra, como muchos de nosotros hemos hecho. En otras palabras, había ido a las afueras de la ciudad para hacer de extra en alguna película que se rodaba en un recinto de feria, donde los chorros de luz surgían con místico siseo de las superficies de los focos que apuntaban como cañones a una muchedumbre de extras, iluminada con mortal esplendor. Los focos disparaban andanadas de asesino resplandor, iluminando la cera pintada de los rostros inmóviles, y expirando después con un "clic", pero durante largo tiempo brillaría, en aquellos complicados cristales, agonizantes ocasos rojizos, nuestra humana vergüenza. El trato estaba cerrado, y nuestras anónimas sombras eran enviadas a todos los lugares del mundo.
Con el dinero que le quedaba tenía bastante para irse de Berlín, pero esto significaba dejar plantada a Liudmila, y Ganin no sabía cómo romper con ella. A pesar de que se había concedido el plazo de una semana para hacerlo, y había comunicado a la patrona que por fin se iría el próximo sábado, consideraba que el paso de la presente semana, e incluso el de la siguiente, nada cambiaría.
